Hay momentos muy pequeños que, sin saber muy bien por qué, te dejan una sensación enorme por dentro. No ocurre nada extraordinario, no hay grandes revelaciones ni fuegos artificiales. Simplemente, de repente, algo encaja.
El viernes me pasó uno de esos momentos.
Habíamos terminado la meditación en Anahata y, mientras recogía los cuencos, guardaba los instrumentos y volvía a colocar la sala, sentí una plenitud difícil de explicar. Todo estaba en silencio y yo también parecía estarlo por dentro. Y pensé: Esto es.
No ocurrió nada extraordinario. Estaba recogiendo instrumentos después de una sesión, guardando cosas, colocando la sala… pero sentía una plenitud difícil de explicar.
Me encanta preparar meditaciones. Pensar qué quiero transmitir, elegir las palabras, crear la experiencia, combinar los sonidos, observar cómo cada instrumento puede acompañar un momento diferente… Disfruto muchísimo haciéndolo.
Pero el viernes comprendí que no era eso lo que me llenaba tanto. Era para qué lo estaba haciendo.
Al terminar, algunas personas me contaron cómo se habían sentido, qué habían experimentado, cómo les había ayudado aquel rato. Y entonces me vino a la cabeza una frase atribuida a Madre Teresa que siempre me ha encantado: «Que nadie se aleje de ti sin sentirse mejor y más feliz.» Y algo dentro de mí hizo clic.
Durante mucho tiempo he buscado mi propósito preguntándome: ¿Qué quiero hacer con mi vida?
He hecho cursos, másteres, formaciones. He probado caminos. He cambiado de dirección. He buscado muchísimo. Y quizá llevaba años haciendo la pregunta equivocada. Porque cada vez creo más que el propósito no consiste únicamente en encontrar algo que te haga feliz.
Quizá empieza cuando descubres qué puedes hacer con eso que amas para contribuir a la vida de alguien más.
Y esto cambia mucho las cosas. Porque entonces el propósito deja de ser una profesión.
No necesitas convertirte en terapeuta, dejar tu trabajo, montar un negocio o descubrir una misión gigantesca.
Puedes poner amor en cómo atiendes a alguien. Puedes escuchar de verdad a una persona que necesita hablar. Puedes enseñar. Puedes cuidar. Puedes cocinar. Puedes crear. Puedes hacer reír. Puedes conseguir que alguien que llegó a ti un poquito peor se marche un poquito mejor.
Y quizá ahí también haya propósito.
Me he obsesionado durante años con encontrar el mío y cada vez tengo menos claro que el propósito sea algo que un día encuentras y puedes escribir en una frase.
Creo que se parece mucho más a una forma de estar en el mundo.
A preguntarte: Con lo que soy, con lo que sé, con lo que tengo hoy… ¿qué puedo aportar?. Y no hablo de sacrificarse ni de vivir permanentemente para los demás. Hablo de algo mucho más sencillo. De que aquello que haces tenga un poquito menos de «¿qué consigo yo con esto?» y un poquito más de «¿qué puedo dejar yo aquí?».
Quizá por eso ayer sentí tanta paz recogiendo aquellos cuencos. Porque por un momento no estaba pensando en hacer crecer Pili con Alas, en conseguir más alumnos, en llegar a más personas ni en cuál será el siguiente paso. Estaba simplemente agradecida.
Porque algo que amo hacer había servido para que otras personas estuviesen un poquito mejor.
Y pensé: Si consigo que mis pensamientos, mis palabras y mis acciones contribuyan, aunque sea mínimamente, al bienestar de alguien más, mi vida ya tiene sentido.
No sé si el propósito necesita ser mucho más complicado que eso.
Quizá hoy puedas preguntarte tú también: ¿Qué hay en mí que puede hacer un poquito mejor la vida de alguien?
A lo mejor la respuesta no es aquello a lo que tienes que dedicarte. A lo mejor es simplemente aquello que estás llamado a compartir.
Con amor y alas,
Pili con Alas 
Martes con alas: tu recordatorio semanal de volver a ti.