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EL MAPA NO ES EL TERRITORIO

Hay una frase que últimamente me ronda mucho la cabeza: El mapa no es el territorio.

Nuestro mapa es lo que conocemos. Lo que hemos vivido, lo que creemos que nos gusta, aquello que pensamos que se nos da bien, las ideas que tenemos sobre nosotros mismos y sobre cómo debería ser nuestra vida. Pero el territorio es muchísimo más grande.

Y este fin de semana he vuelto a comprobarlo. He estado haciendo una formación de terapia vibracional con cuencos tibetanos y he disfrutado muchísimo. Muchísimo más de lo que habría imaginado.

Mientras estaba allí, aprendiendo, experimentando la vibración y descubriendo todo ese mundo, pensaba en lo curioso que era haber llegado hasta allí. Porque todo empezó con una intuición bastante absurda: «Cómprate un cuenco». Eso era todo.

Y menos mal que no le pregunté demasiado a mi cabeza. Porque probablemente habría contestado: ¿Para qué? Y habría tenido razón.

En aquel momento no necesitaba un cuenco tibetano. No sabía qué iba a hacer con él, no tenía ningún plan y desde luego no podía imaginar todo lo que vendría después. Simplemente había algo que me llamaba. Y decidí hacerle caso.

Ahora miro hacia atrás y me hace gracia pensar en la cantidad de cosas que hoy forman parte de mi vida y que hace unos años ni siquiera estaban en mi mapa.

Durante mucho tiempo mi mundo fue el deporte. Entrenar, superarme, nadar, correr, hacer triatlón… y era feliz haciéndolo. Hasta que llegó el estrés y me obligó a parar. En aquel momento aquello no me pareció precisamente un regalo. Pero al detenerme descubrí el yoga. Después llegó la meditación. El Reiki. Los cuencos. El sonido. Y partes de mí que probablemente nunca habría conocido si la vida no me hubiese obligado a salirme de la ruta que ya sabía recorrer. Y ojo, que he vuelto a nadar.

No se trata de sustituir una vida por otra. Se trata de ampliarla.

Creo que a veces confundimos conocernos con definirnos. Decimos: «yo soy así. A mí me gusta esto. Esto no es para mí. Yo nunca haría aquello». Y vamos dibujando fronteras alrededor de nosotros mismos hasta que terminamos viviendo siempre dentro del mismo mapa.

Pero ¿y si hay cosas que te encantan y todavía no lo sabes?

¿Y si hay personas que todavía no conoces con las que vas a sentirte profundamente tú?

¿Y si existe una afición, un lugar, una forma de vivir, una experiencia o incluso una versión de ti que todavía no has descubierto?

¿Cómo vas a saberlo si haces siempre lo mismo?

Quizá salir de nuestra zona de confort no tenga que significar hacer algo enorme, valiente o extraordinario. A veces puede ser simplemente seguir una pequeña curiosidad. Apuntarte a algo. Entrar en ese sitio. Hablar con esa persona. Comprar ese cuenco que no tienes ni idea de para qué quieres. Probar.

Porque cada vez que hacemos algo nuevo ampliamos un poquito el mapa de lo que creemos posible. Y quizá descubramos que aquello no nos gusta. Perfecto. Ya conocemos un poquito más del territorio.

Pero quizá ocurra lo contrario.

Quizá encontremos algo que nos haga vibrar —en mi caso, bastante literalmente — y nos preguntemos cómo hemos podido vivir tantos años sin conocer esa parte de nosotros.

Por eso últimamente intento decir un poquito más que sí a aquello que despierta algo dentro de mí, aunque todavía no entienda para qué. Porque no quiero pasarme la vida recorriendo únicamente los caminos que ya conozco. Quiero seguir descubriendo territorio. Seguir sorprendiéndome. Seguir conociendo versiones de mí que todavía no sé que existen.

Porque quizá una parte de la felicidad no consista en conseguir exactamente la vida que hemos dibujado en nuestro mapa. Quizá consista en atrevernos a descubrir todo lo que todavía no hemos dibujado.

Con amor y alas,

Pili con Alas 🪽

Martes con alas: tu recordatorio semanal de volver a ti.