Hace unos años hice un máster de emprendimiento porque sabía que quería hacer algo con mi vida… pero no tenía ni idea de qué. Y cuando digo ni idea, es ni idea. Sabía que quería ayudar a la gente. Sabía que quería construir algo mío. Sabía que había una parte de mí que pedía salir, pero era incapaz de ponerle un nombre.
Así que empecé por donde pude.
Al principio pensé que mi camino estaría relacionado con el deporte. Me formé, empecé a explorar el coaching deportivo y fui dando pequeños pasos sin tener demasiado claro hacia dónde me llevaban. Y menos mal.
Porque durante mucho tiempo he pensado que para empezar algo necesitaba saber adónde iba. Ahora creo justo lo contrario. Hay caminos que sólo aparecen cuando empiezas a andarlos.
En algún momento de ese camino empezaron a aparecer instrumentos en mi vida. Y digo «aparecer» porque todavía hoy no sé explicar muy bien por qué los compraba. Recuerdo perfectamente el gong.
Mi cabeza llevaba días insistiendo: Cómpralo. Cómpralo. Cómpralo. Y mi parte racional contestaba: ¿Pero para qué quieres tú un gong? No tenía ninguna respuesta especialmente convincente. Lo compré.
Después apareció un cuenco de cuarzo. Y al poco tenía delante de mí una octava completa de ocho cuencos de cuarzo y probablemente la pregunta más razonable del mundo: ¿Qué narices voy a hacer yo con ocho cuencos? 
Y echando la vista atrás ya había ocurrido algo parecido. La meditación había entrado en mi vida para quedarse. Y esto tiene bastante gracia porque, si me hubieses conocido hace unos años, probablemente habría sido la última persona a la que habrías imaginado dando clases de meditación. Yo intentaba meditar y pensaba: Esto no es para mí.
No podía parar. No entendía qué tenía que hacer. Me desesperaba. Hasta que mi cuerpo me obligó a parar. Hubo un momento en el que no pude seguir haciendo deporte como lo hacía hasta entonces y tuve que buscar en otro lugar aquello que encontraba cuando entrenaba: ese espacio en el que la cabeza se callaba, el mundo desaparecía durante un rato y sólo quedaba yo. Y lo encontré en el lugar en el que menos esperaba encontrarlo: en la meditación.
Aquello que en su momento viví como un problema terminó abriendo una puerta. Y detrás de esa puerta estaban muchas de las cosas que hoy forman parte de mi vida. La meditación. El Reiki. El sonido. Los cuencos. El gong. Y una versión de mí que entonces todavía no conocía.
Por eso últimamente pienso mucho en las señales. No necesariamente en señales enormes, místicas, con luces de neón indicándote por dónde tienes que ir. Spoiler: eso no pasa. A veces una señal es simplemente algo que insiste dentro de ti. Una curiosidad. Una intuición. Algo que te llama sin que sepas explicar por qué. O incluso algo que sale mal y te obliga a buscar otro camino.
El problema es que queremos entenderlo todo antes de movernos. Queremos saber para qué servirá ese curso, adónde nos llevará esa decisión, por qué ha aparecido esa persona, qué sentido tiene ese obstáculo.
Y quizá algunas respuestas sólo existen después. Porque hoy miro hacia atrás y puedo unir los puntos. Pero mientras los estaba viviendo eran sólo puntos. Un máster. El deporte. Una parada obligatoria. La meditación. Un gong que no sabía para qué quería. Un cuenco. Después ocho. Una clase. Un taller. Anahata.
Y ahora otro punto se une al camino.
A partir de octubre, todos los viernes a las 20:30, seré profesora de meditación y baño de sonido en Anahata Academy. Y me emociona muchísimo escribirlo. No sólo porque sea algo que me hace profundamente feliz sino porque jamás habría sabido llegar hasta aquí si hubiese necesitado conocer el camino antes de empezar.
Y me hace especial ilusión porque quiero que sean un espacio precisamente para esa persona que yo fui. La que decía “yo no sé meditar”, “mi cabeza no para”, “esto no es para mí”. No tienes que saber hacer nada.
Puedes venir un viernes simplemente porque necesitas parar. Tumbarte, cerrar los ojos y dejar que mi voz y el sonido hagan el resto. Puedes venir un día suelto o, convertirlo en tu ritual de cada viernes.
Quién sabe. Quizá para ti sólo sean 60 minutos de calma después de una semana intensa. O quizá sea uno de esos pequeños puntos cuyo sentido descubrirás mucho más adelante. Yo ya he aprendido a no subestimarlos.
Porque ahora sé que muchas veces la vida no te muestra el camino para que empieces a andar. Te pide que empieces a andar para poder mostrarte el camino.
Con amor y alas,
Pili con Alas 
Martes con alas: tu recordatorio semanal de volver a ti.